Me duele la espalda y tengo el cuello en estado de tensión absoluta. Llevo toda la semana escuchando a La Mode. Estoy tirando a saturado de trabajo. Estoy tirando a saturado en general. El sábado a las 5.45 vuelo a París después de que hace un par de días se frustrase un posible viaje a Brighton. En fin, siempre nos quedará París.
Y tengo dos opciones: hablar de algo o hablar por hablar. En principio me quedo con lo segundo, así que hablemos por hablar, el programa que lanzó a Gemma Nierga a la ventana y que tuvo su mejor momento con Mara Torres. También podemos hablar del tiempo, que es de lo que se habla cuando no hay nada de lo que hablar, aunque hay conversaciones que todavía pueden resultar más estúpidas. Algo así como "¿Dónde vas?" "Manzanas traigo". O lo que decía mi abuela: "Como sé que te gusta el arroz con leche... por debajo de la puerta te meto un ladrillo".
En definitiva, que el tiempo está loco loco loco. Rozando los 20 grados en pleno mes de enero. Comentario de uno que ayer pasaba por la calle de al lado: "Desde que se murió Franco ya no hay inviernos". Cuánta razón tenía el hombre: es lo que tiene tirarse casi 40 años de invierno generalizado.
Tampoco me voy a liar mucho más, que vamos camino de las tres y me levanto a las siete (tengo bastante trabajo atrasado, aunque por lo menos esta noche he dejado terminado lo que debía). Mañana me voy a ver a The Secret Society en La Palma, y si me gusta lo mismo dejo por aquí unas líneas; lo digo por ir avisando. Están bien las sociedades secretas, aunque nunca he formado parte de ninguna. Tampoco de los boy scout; sólo del equipo cadete de basket, del coro del colegio (pero poco, porque no tengo oído, sino oreja) y de los yonquis de mi barrio (esto es mentira, porque en mi barrio no hay yonquis, sólo gente mayor, una peluquería, un asador de pollos, una agencia inmobiliaria ahora con poca actividad y un oficina de seguros Pelayo donde antes había una chocolatería que cerró porque se ve que aquí no nos va mucho el chocolate).
Termino: ya estamos a 24 de enero. Y no nieva ni nada parecido. La previsión anuncia buen tiempo para el fin de semana, y a la vuelta puede que camben las cosas. El año pasado a estas alturas sí que había nieve. Que me acuerdo yo como si fuera ayer.
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jueves, 24 de enero de 2008
miércoles, 26 de diciembre de 2007
tokio me da igual

Tomo prestada una conversación de una amiga: "Si me haces caso, será que sí, y te encantará. Como en el poema de Kavafis: Fui, nada me retuvo, me liberé y fui / hacia placeres que estaban tanto en la realidad como en mi ser / a través de la noche iluminada / y bebí un vino fuerte / como sólo los audaces beben el placer". De Elena a Elena y yo como receptor último del mensaje, del que se podía esperar mucho y al final acabó en nada, como tantas otras historias bonitas. Me lo pasó el viernes pasado (forma parte de una charla mucho más larga) y no estaba muy seguro de airearlo, pero ya está por aquí, paseando a Kavafis y sus placeres audaces mientras el día de Navidad toca a su fin y mañana vuelvo al curro, que dicho sea de paso me apetece (y no es cuestión de masoquismo).
En los últimos días he pensado en bastantes cosas, casi todas para bien y algunas para mal. Es decir: hay una canción que dice que todo el mundo fantasea con una muerte dramática. Voy a dejarlo estar, pero es así. Feliz solsticio de invierno, que dirían los del Partido Comunista. Desde esta mañana tengo un atril para sostener los libros y leerlos, con libro incorporado ("Rant. Vida de un asesino", de Palahniuk; qué ganas, creo que lo leeré del tirón y luego ya me pondré con "American gods").
En mi blog de las canciones ya hablé de "Blade runner", pero también me dediqué a ver la semana pasada "Lost in translation", con dos únicos objetivos: la escena de Bill Murray en el karaoke cantando "More than this" y el final con "Just like honey". Quiero dejarme grabado tu nombre, todos los nombres: honey.
Creo en el amor a primera vista, cómo no, y también a la primera escucha. Eso pasó el miércoles 19 de diciembre, sobre las 12.00; al otro lado del teléfono Teresa Iturrioz (ex Aventuras de Kirlian, ex Le Mans, ahora en Single; para verla más de cerca, en la foto), que anuncia pequeña gira para el año que está a punto de entrar y que tiene una voz entusiasta, recogida, ilusionante, con un timbre cálido y una cercanía desarmante. Un malentendido nos llevó a esperar cada uno por su lado en la tarde del martes, pero el miércoles lo solucionamos en siete minutos y 38 segundos. Supongo que debería haber hablado más, pero así bastaba y además no había tiempo para entretenerse y mi veredicto estaba claro. Ella sería inocente, yo culpable. Todo eso, claro, contrastando con mi voz nasal, asediada por los mocos, así que mejor no echar a perder las cosas y quedar simplemente en que ya nos veremos en alguno de sus conciertos.
Más sobre mí: lo percibo todo desenfocado. Será por eso que no me centro. Empecé con siete años y casi dos dioptrías; luego tres, cuatro y un suma y sigue en la escalada miope que me llevó hasta seis y pico, casi siete, más dos de astigmatismo. Eso fue en la última medición de hace un año. Temo que ahora haya aumentado, para desgracia de mi maltrecha economía. La oftalmóloga, muy simpática ella, me dijo además que tengo un problema (en realidad tengo varios, le debería haber dicho yo, pero no es cuestión de estropear el diagnóstico): no enfoco bien. Por mucho que me acerque y que fuerce, siempre falta un pelín, falla algo en mi mecanismo visual que hace que perciba todo ligeramente desenfocado, sensación que se acentúa de noche, cuando todos los gatos son pardos y mi abuela decía que no hay más que gente mala por ahí. No sé si incluirme, aunque en realidad tampoco he salido tanto últimamente. O sí, pero no me acuerdo o prefiero no acordarme, más que nada para no inventar más noches.
Cosas que pasan: habrá quien diga que hacer la compra en los comercios del barrio es mejor y hay más cercanía y todo eso, pero también en los grandes centros comerciales hay espacio para estrechar distancias, hablar con el carrito lleno, los hijos rondando (los del otro, no los míos, que no tengo) y quedar al día siguiente en plan parejitas para retarnos al sol (es un decir: la pista estaba cubierta) y acabar perdiendo (M y yo) por un ajustado 6-4 / 6-4, después de una hora y diez de juego y haber desperdiciado un parcial de 4-0 en el primer set. Hay veces que la gente te sorprende. Ésta es una de ellas.
Cuando escribo esto, a 15 minutos de que termine el dichoso 25 de diciembre, todavía acumulo tensión, no sé si quedarme leyendo o escuchar una rápida tripleta de temas navideños ("Son los padres", de Astrud; "Blanca Navidad", de Intronautas; y "Puta Navidad", de Sociedad Alkoholika; eso y los típicos momentos de Lennon, McCartney, Sinatra, Elvis y unos cuantos más; incluso Bowie. Por cierto, afirmación de estúpida gratuidad de la cena de Nochebuena. "Miguel Bosé es el Bowie español". Toma ya. Lo mismo habría que pensarse las cosas un par de veces antes de hablar. Yo, como soy muy educado (14 años en colegio de monjas algo han hecho, o eso parece), me callé lo que pensaba y pasé de entrar en debates chorras, así que mejor hablar del Madrid-Barça, que ahí sí que todo el mundo tiene algo que decir y cuenta con una opinión formada. Incluso yo. Por si acaso, de vuelta en casa me pusé unas cancioncillas de Bowie por ver si la cena se me había atragantado y además de desenfocada la realidad estaba distorsionada. Pero no. "Life on mars", "Changes", "The man who sold the world", "Heroes" y alguna otra marcaron las distancias una vez más. Bosé... sí, claro, claro... (Y que conste que este verano le ví y me divertí y todo, pero hay cosas y cosas, y hay algunas que no deberían siquiera insinuarse).
Ya que estamos: momentos de felicidad. La mayoría se concentraron el viernes 21 y el sábado 22. Siempre cabe contextualizar y relativizar la felicidad, y en este caso creo que el inicio de las fiestas puso el listón demasiado alto y a partir de ahí sólo cabe esperar decepciones. El viernes lo bueno fue que no estaba M y disfrute de la tarde en solitario (también con alguna conversación por MSN), que así dicho queda un poco onanista, aunque en realidad me mantuve puro e inmaculado, así como soy. Lo bueno también es que M se lo pasó muy bien con sus compañeras de curro y eso es importante y me hace sentir mejor y dormir más tranquilo. Y el sábado lo bueno fue que estuvo M todo el tiempo, y desde que nos levantamos a las 9 hasta que nos fuimos a dormir a las 2 completamos 17 horas de felicidad sin matices, que daban ganas de congelar el momento y olvidarse del resto del mundo. Pero va a ser que eso es imposible y que hay resto del mundo, para bien o para mal. El domingo estuvo bien también, sin esos excesos, y ayer y hoy la cosa decayó, aunque sin llegar a extremos preocupantes. De momento no me he puesto alarmista, que ya es algo.
Tenía pensado ponerme con un listado de ciudades a las que quiero ir, empezando por Tokio, pero como ya tengo a Bill Murray y a The Jesus & Mary Chain cantando para mí con el monte Fuji de fondo, pues hago como Antònia Font y canturreo en catalán (regular, eso sí) lo de "Tokio m’es igual".
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miércoles, 12 de diciembre de 2007
fábula del crecepelo y la barriga

Estaba yo que no sabía muy bien de qué escribir y aparece mi compañero de Deportes con una noticia de esas de quitar el hipo: “Pecharromán da positivo en la Vuelta a los Puertos por usar crecepelo”. Todavía lo estoy flipando. Anonadado me hallo. Descolocado. Impresionado. Peor que mal. Suerte que tengo una buena mata de pelo (y suerte también que no monto en bici).
Pero he de confesar una cosa: yo también me dopé. Sí, lo hice. Fue “a long time ago”, cuando era cadete y hacía judo y era una joven promesa (porque lo fui, en serio) del deporte madrileño. Me dopé con Bisolvón (ese jarabe tan dulzón, tan rosa, tan pegajoso, casi adictivo), que entonces no era sustancia dopante pero dos años después se incluyó en el catálogo. Y yo ahí, exhibiendo músculos y poderío físico. Y peso, porque iba yo en menos 70 y por un 1,2 kilos me pasé en la báscula (la de nuestro gimnasio una semana antes me había marcado dos por debajo) y me mandaron a categoría open (es decir, sin límite de peso). El Bisolvón, era obvio, me sirvió de poco, aunque llegué a semifinales, perdí con un maromo de casi 100 kilos y finalmente quedé cuarto. Y allí se jodió mi carrera, suponiendo que la hubiera o hubiese; el tercero me hubiera dado vía libre a los juveniles de Ámsterdam (quién sabe, a lo mejor allí también me hubiese dopado), pero la cagué de medio a medio. Tenía una hora para bajar peso, pero sudé lo que no está en los escritos y me quedé tal cual, kilito y pico por encima. Fueron otros los que se llevaron la gloria. Yo una llorina de cuidado y el principio de una desmotivación que acabó luego.
El Bisolvón fue el principio del fin. Quién sabe si con crecepelo hubiera conseguido logros mayores y hoy estaría camino de Pekín 2008. Entonces nos lo imaginábamos. Ninguno de mis compañeros lo consiguió. Ni eso ni nada parecido. Me encontré con uno de ellos hace tres meses o así; había engordado y se parecía levemente a Jorge Javier Vázquez. El miedo en el cuerpo me metió al verle. Se había marchado de casa, que ya era hora, y resulta que está de alquiler a 300 metros de mi casa.
Hoy yo sería presa fácil en categoría open, incluso para un cadete; estoy fuera de forma, me fatigo con tres carreras y tengo barriguilla (o barriga, sin medias tintas) también un poco en plan j. j. vázquez. Y a veces cara de tomate, porque me pongo colorao con facilidad (esa foto en la siesta a las seis de la mañana; dios, qué imagen).
También tenía pensado hablar de “hurricane”, de bob dylan, pero lo dejo para otro momento.
No sé. Quizá necesite crecepelo, aunque sea para espabilarme.
Pero he de confesar una cosa: yo también me dopé. Sí, lo hice. Fue “a long time ago”, cuando era cadete y hacía judo y era una joven promesa (porque lo fui, en serio) del deporte madrileño. Me dopé con Bisolvón (ese jarabe tan dulzón, tan rosa, tan pegajoso, casi adictivo), que entonces no era sustancia dopante pero dos años después se incluyó en el catálogo. Y yo ahí, exhibiendo músculos y poderío físico. Y peso, porque iba yo en menos 70 y por un 1,2 kilos me pasé en la báscula (la de nuestro gimnasio una semana antes me había marcado dos por debajo) y me mandaron a categoría open (es decir, sin límite de peso). El Bisolvón, era obvio, me sirvió de poco, aunque llegué a semifinales, perdí con un maromo de casi 100 kilos y finalmente quedé cuarto. Y allí se jodió mi carrera, suponiendo que la hubiera o hubiese; el tercero me hubiera dado vía libre a los juveniles de Ámsterdam (quién sabe, a lo mejor allí también me hubiese dopado), pero la cagué de medio a medio. Tenía una hora para bajar peso, pero sudé lo que no está en los escritos y me quedé tal cual, kilito y pico por encima. Fueron otros los que se llevaron la gloria. Yo una llorina de cuidado y el principio de una desmotivación que acabó luego.
El Bisolvón fue el principio del fin. Quién sabe si con crecepelo hubiera conseguido logros mayores y hoy estaría camino de Pekín 2008. Entonces nos lo imaginábamos. Ninguno de mis compañeros lo consiguió. Ni eso ni nada parecido. Me encontré con uno de ellos hace tres meses o así; había engordado y se parecía levemente a Jorge Javier Vázquez. El miedo en el cuerpo me metió al verle. Se había marchado de casa, que ya era hora, y resulta que está de alquiler a 300 metros de mi casa.
Hoy yo sería presa fácil en categoría open, incluso para un cadete; estoy fuera de forma, me fatigo con tres carreras y tengo barriguilla (o barriga, sin medias tintas) también un poco en plan j. j. vázquez. Y a veces cara de tomate, porque me pongo colorao con facilidad (esa foto en la siesta a las seis de la mañana; dios, qué imagen).
También tenía pensado hablar de “hurricane”, de bob dylan, pero lo dejo para otro momento.
No sé. Quizá necesite crecepelo, aunque sea para espabilarme.
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