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domingo, 17 de febrero de 2008

la revolución sexual: otra eurovisión es posible


Queda una semana para que termine el plazo para votar por los cinco temas que el público puede elegir con vistas a Eurovisión 2008, y sigue al frente "La revolución sexual", de La Casa Azul, así que aprovecho para rescatar una entrevista con Guille Milkyway mientras cruzo los dedos para que de la gala que se celebrará a principios de marzo salga elegida esta canción que de verdad tiene sonido eurovisivo, disco y pegadizo, tanto como el de los mejores años de este certamen últimamente tan devaluado. En fin: vota por La Casa Azul!!!


El nuevo disco de La Casa Azul, "La revolución sexual", ha empezado con buen pie, metiendo la cabeza en el top 30 de las listas de ventas, aunque los ficticios integrantes de la banda permanezcan en otra dimensión y Guille Milkyway (creador, ideólogo, compositor, productor, arreglista e intérprete) vea las cosas con calma y cierto distanciamiento desde su papel de demiurgo pop, poniendo cerco a un sonido cada vez más propio dentro del artificio que se le supone. "Con el primer disco sí seguía siendo una amalgama de estilos según la canción, pero ahora creo que poco a poco se va redondeando, dando forma a algo más personal, que tiene que ver con la utilización de muchos elementos distintos y que al final hacen que el resultado sea diferente, y además manteniendo elementos que son muy propios de La Casa Azul, como la contraposición de las cosas y la euforia que se sucede; a nivel sonoro cada vez me siento más cómodo y seguro". Esta sensación sirve como punto de partida en un álbum que está donde se podía esperar, aunque con más variedad e incluso complejidad que en "Tan simple como el amor". "A nivel de producción y sonido quizá sí, pero en composición no tanto. A lo mejor sí es más extremo en el sentido de que he querido buscar una sonoridad más artificial, más plástica. Hay más detalles, más cambios, más efectos, más trabajo de producción y sobre todo de edición, que para mí es muy importante. Pero a nivel temático es un poco lo de siempre, aunque cuando compuse y grabé los temas estaba en una época de introspección y me ha costado más trabajar para que el resultado fuera lo que desde el principio he buscado en La Casa azul, que es una contraposición entre los momentos emocionalmente más bajos y la euforia de la música que está sonando. En la historia del pop me gusta ese punto de choque entre la desgracia y la felicidad absoluta, de modo que en el fondo todo parezca un poco irreal. Es como lo que hacían los típicos grupos de chicas de los 60, que hablaban de que les dejaba el novio y poco menos que se iban a suicidar, y eso en una canción aparentemente feliz". Ese mundo de mentira, en el que conviven Brian Wilson, Jeff Lyne, el europop, California, Japón y los dibujos animados de Hannah Barbera, entre otras muchas referencias, es el que sigue presente aquí, aunque también con un costumbrismo en el que difícilmente podrían habitar los cinco personajes que ponen cara a este proyecto, hablando de la cerveza sin alcohol ("no está mal, pero requiere empeño" se puede escuchar en "Esta noche sólo cantan para mí") o de las proezas del portugués Deco frente al Chelsea de Mourinho ("El momento más feliz"). No es la primera vez que el Barça aparece en sus canciones (lo hacía también en "Como un fan"), pero ahora todo parece más cercano y el jogo bonito triunfa sin complicaciones ni atascos. "Antes hablaba más del amor y el desamor y aquí el abanico es más amplio, pero sigue habiendo elementos muy repetitivos, como la ansiedad, además de cosas más personales, como la hipocondría". También da forma a la canción protesta en versión La Casa Azul ("No más Myolastan" o "La gran mentira") y continúa ampliando su santoral pop: empieza con Yma Sumac (una exótica cantante peruana) y reserva casi para el final una impecable colección de mujeres (Blossom Dearie, Nina Simone, Kirsty McColl, Dusty Springfield, Karen Carpenter y Astrud Gilberto), ideal como banda sonora en complejas maniobras de escapismo. "La Casa Azul siempre ha sido un grupo con un importante enfoque femenino, y cuando he buscado un momento de refugio me he sentido identificado con cantantes como éstas, aunque es algo bastante sutil; también podría haber hablado de grupos de soft pop".
Uno de los riesgos que corre Guille Milkyway es que las ramas al final no dejen ver el bosque. O, de otra manera, que uno confunda la parte con el todo. "Es el típico riesgo que existe, pero es un precio que desde el principio he estado dispuesto a pagar, y no me preocupa porque tengo muy claro que lo más importante siempre va a ser la canción, porque es lo realmente poderoso dentro de la música pop. El resto es accesorio y puede servir como elemento potenciador, o simplemente para llevar las cosas a un plano estético que me hace sentir bien y con el que me identifico, pero la canción es el centro de todo, por mucho barroquismo que pueda haber en un momento dado". Y de un riesgo a un empeño inagotable: ¿la canción perfecta? "Es algo que nos persigue de forma casi maligna a quienes hemos estado obsesionados por el tema del redondeo y los estribillos, aunque cada vez menos, porque al final piensas que está todo hecho y que estás en una búsqueda inacabable. Es algo que está ahí, como la ansiedad o los miedos, pero si uno consigue controlarlo no pasa nada". En este sentido asegura también que se toma las cosas con tranquilidad, consciente de que maneja un proyecto a largo plazo: "Una cosa que me relaja es que no tengo prisa y que hay mucho tiempo para ir haciendo cosas que se acerquen a lo que tengo en mente. Situarse en ese plano un tanto irreal te permite planificarlo mejor, porque sabes que es flexible y lo puedes moldear a tu manera. A nivel estético y visual lo tengo claro: va hacia un universo más histriónico, aunque no sé si es una buena palabra; más artificial". Un recorrido que empezó hace una década, con "Cerca de Shibuya" como primer gran hit, y que desde entonces no se ha prodigado en exceso (apenas un EP y dos discos), aunque con una capacidad para permanecer en la memoria que hace que en realidad parezca que no haya pasado tanto tiempo desde que aparecieran las primeras sensaciones pop, comandando un movimiento que acaparó tantas críticas como alabanzas, y hoy con la mayor parte de los grupos en el limbo. "El hecho de que hayan pasado los años y siga adelante creo que me ha dado más credibilidad, porque en aquel momento sí resultaba cansado tener que justificarte todo el tiempo; yo quizá lo hice demasiado, y la verdad es que no merecía la pena. El problema es la mala utilización de los clichés, aunque la sensación es que poco a poco van desapareciendo los prejuicios, como pasa en cualquier forma de expresión artística". Por el camino también se ha convertido en compositor de encargo, desde la sintonía de cabecera del Club Disney hasta el "Amo a Laura" manoseado hasta la extenuación hace un par de años, pasando por las canciones de la serie de televisión "Gominolas". Y para el futuro cercano, más proyectos: el debut en largo de Milkyway (con un aire más retro) y también la intención de salir de ese premeditado segundo plano en el que hasta ahora ha permanecido al frente de La Casa Azul. "Siempre me ha costado el contacto directo con la gente, todo el tema de las fotografías y demás, también porque me desagrada la utilización de la imagen de un grupo como algo en sí mismo, pero ha llegado un momento en que estaba creándome una pose por permanecer detrás de forma exagerada, y por eso quiero empezar a aparecer de forma relajada, natural e incluso divertida". Así que ya lo saben: La Casa Azul es Guille Milkyway, sí, pero sobre todo sus canciones.

lunes, 4 de febrero de 2008

devendra banhart.- el folk del siglo XXI


El songwriter más alucinado y prolífico de su generación está de vuelta, aunque esta vez habla de mosquitos y no de cuervos, dispuesto a chupar la sangre de todos los géneros y a darse un auténtico festín en el que no faltan invitados de todo tipo. Psicodelia, samba y rock son sólo algunos de los elementos de "Smokey rolls down thunder canyon", el nuevo trabajo de un artista definitivamente global.

Hay un libro de Tom Wolfe, "Ponche de ácido lisérgico", que retrata a los protagonistas de la generación beat, reunidos en torno a Ken Kesey ("Alguien voló sobre el nido del cuco") con el sobrenombre de "los bromistas". Recorren Estados Unidos de punta a punta en un maltrecho autobús. Un viaje al corazón de la vida, entendida como la multiplicación de la percepción. Kerouac, Ginsberg, Cassady, Jerry García… Un grupo en el que Devendra Banhart no hubiese desentonado; incluso podría haberse convertido en su músico de cabecera. "No sé, no sé. No lo veo. Es un mundo diferente, pero sí, claro, estoy en la carretera. Estamos on the road, por qué no". Esto es al final, después de media hora de una atolondrada conversación que empezó en francés. "Bonjour, enchanté, comment allez vous?". "Très bien, merci". Y después de un pequeño silencio hago un primer intento por reconducir las cosas. "Ah, ¿es de una revista española? Perfecto. Pensaba que hablaba con Francia. ¿Qué tal va todo? ¿Cómo está España? ¿Cómo está Madrid?". Bien, vamos a poner que España va bien y que esta llamada no tiene otro motivo que hablar de "Smokey rolls down thunder canyon", el quinto álbum de Devendra Banhart; un hippie, el cabecilla del nuevo folk norteamericano, un impostor, un juerguista, el capitán del freak show, un trovador del tercer milenio… "Ahorita estoy en Texas, en Dallas, la tierra de mi padre; estamos con una guitarrita que no sirve, una Lauren, ¿no?". Ruido de fondo. Habla con sus compañeros. Alterna inglés y castellano de la misma manera que pasa de la cumbia al fox-trot, de la samba al rock y del blues al reggae.

Esta vez ha sido el cañón de Topanga (California) el marco geográfico para la música de Devendra Banhart; un lugar por el que antes pasaron Neil Young, Joni Mitchell o Taj Mahal y que ahora, a un paso de casa (también estudio para la ocasión), se ha convertido en magnífico telón de fondo. "Buscamos un sitio así, hasta que lo encontramos. Empezamos con la idea de grabar en Bahía, con músicos brasileños, pero luego pensé que en realidad lo mejor era hacerlo en mi versión de Bahía, y mi Bahía es California. El próximo año creo que quiero grabar en México o Venezuela, pero una cosa más básica, como el primer álbum". Mientras tanto, aquí despliega toda su imaginería psych-folk, con el apoyo de sus habituales (Noah Georgeson, Andy Cabic, Pete Newsom, Greg Rogove, Luckey Remington, Otto Hauser y un largo etcétera) y también de invitados dispares como Monalisa Young y Maxine y Julia Waters (coros gospel en "Saved"), Chris Robinson (The Black Crowes), Rodrigo Amarante (del grupo brasileño Los Hermanos; llegó para un rato y se quedó todo el disco) o el actor mexicano Gael García Bernal, que pone su voz a "Cristóbal". "Cada disco es un documento del mundo que estamos viviendo, de nuestras experiencias en ese momento. Por eso "Smokey rolls…" es diferente a todo. No hay una fórmula. Pero es que además teníamos la oportunidad de trabajar más cómodos porque estábamos en casa y el reloj era nuestro reloj y las horas nuestras horas. Fue muy bueno, pero a la vez muy extenuante". Un proceso del que salieron 45 canciones que se han quedado en 16 ("esta vez quería un álbum corto", dice) que dan para mucho: épica a su manera en "Seahorse", tropicalismo en "Samba vexillographica", soul en "Saved"… Devendra Banhart continúa jugando con los géneros como si de un inmenso chicle se tratara; nada que no hubiera hecho antes, pero siempre distinto. Es libre, proclama. "Soy, no sé, como un mosquito chupando la sangre del culo de todos mis sellos. Soy un mosquito y me dejan hacer lo que quiero; siempre grabo en lugares donde pueda tener esa libertad, nunca en estudios que tienen miles de fotos de otros grupos y cosas así, esto tiene que ver más bien con la arquitectura, con la geografía y el espíritu".
Construye canciones, habla de la muerte y de la reencarnación, aparecen animales, crea fábulas, hay algo ingenuamente infantil y sin embargo asegura que no sueña, que sus letras pertenecen a este mundo. "Nunca sueño. Bueno, o no recuerdo los sueños. Sólo uno cada tres meses; no tengo esa suerte". Y dice también que nunca ha pensado que su música sea folk, y luego que todo lo es. Que todavía tiene pendiente su álbum tropicalista: "Ahora quiero hacer un disco así en Bahía; la idea es ir allí y trabajar con Rodrigo Amarante, Arto Lindsay, la Orquesta Imperial, Caetano Veloso… Reunirnos en un espacio con unos micrófonos y unas copitas, y grabar y grabar. A ver qué pasa". Sería el resultado lógico de un creciente y heterodoxo acercamiento a la tradición latina: "Me siento más conectado a esta tierra donde estoy ahora mismo, que también está vinculada a América del Sur. Pero la verdad es que cuando estoy en Canadá todavía me siento cerca de Uruguay. Últimamente he estado escuchando sobre todo a Eduardo Mateo, Violeta Parra, Víctor Jara, Atahualpa Yupanqui, Caetano, Simón Díaz, Silvio Rodríguez… songwriters revolucionarios de América del Sur". Es el músico global que hace de sus discos un collage cultural que va más allá del mestizaje. "Para mí una cosa muy interesante es que en "Cripple crow" (el trabajo que precede a "Smokey rolls…") las canciones más directas y románticas son las que estaban en español, y las que escribí en inglés eran las más psicodélicas. Y aquí pasa al revés. "Cripple crow" creo que era un álbum que tenía más que ver con Norteamérica y éste más con Sudamérica". "Somos elefante y serpiente semejante tomando aguardiente de una flor", canta en la colorista "Carmensita"; un ponche de ácido lisérgico que pasa de mano en mano, cambiante y único. "Las letras dirigen el estilo, claro que sí, y a veces te dicen que tiene que haber un elemento de sorpresa y de colaboración con el espíritu creativo que existe fuera de nosotros. Entonces la canción viene y surge algo, hay un enigma que tenemos la oportunidad de resolver. Por ejemplo, en "Samba vexillographica" faltaba algo, porque remite al carnaval y eso tiene que ver más que nada con música en vivo, y en ese momento vino Chris Robinson (vive a unos metros de Devendra Banhart) y empezó a tocar el charango; era perfecto. Dijimos: "Coño, eso es, es lo que estábamos buscando". Ése es nuestro elemento sorpresa".

Han pasado cinco años desde que se publicó su primer álbum, y sólo tres desde que con "Niño rojo" y "Rejoicing the hands" se colocó en vanguardia de un movimiento sin forma definida en el que la etiqueta de nuevo folk pronto se reveló inútil. "Todavía me siento en el underground. Estoy viajando. Me tengo que mudar de esta casa en California. Aún no sé dónde voy a ir, nada ha cambiado". Un nómada que antes de decantarse por el título de "Smokey rolls down thunder mountain" pensó en otros como "Koala man returns to pineapple temple" o "Bachanalian beat box". "Era un chiste, una broma… El nombre del álbum siempre viene de afuera; esta vez pasó una tarde: las palabras llegaron una a una y se manifestaron físicamente delante de mí". ¿Impulsivo? ¿Espontáneo? ¿Visionario? "Las canciones vienen como vienen, no se pueden empujar. Es todo lo que puedo decir". Pero no se resiste y añade: "Se trata de compartir; no estoy haciendo música para mí, sino para la parte de mí que es la misma de todo el mundo. Yo soy una persona, claro, aunque hay un mundo fuera y otro dentro. Sólo soy una parte pequeñita, un mosquito. Y los mosquitos tienen alas, pueden volar".

viernes, 25 de enero de 2008

la sociedad secreta (en la palma, hace unas horas)


La música del café La Palma se cuela en el espacio reservado a los conciertos y de las 90 personas que habría, pongamos que la mitad no dejó de hablar hasta los dos últimos temas. Y eso que Pepo Márquez (haciendo un hueco en la gira con Grande Marlaska) había advertido de que habría dos partes: una silenciosa y otra ruidosa. Ni con esas acalló al personal. Así que acabó con ese tramo íntimo a las primeras de cambio, apenas 15 minutos después de empezar, y Andrés Perruca (batería) y Javier Vicente (guitarra) precipitaron su salida al escenario para reforzar la fragilidad que domina "De costa a costa", canción no demasiado habitual en sus directos. Y aún así, luchando contra los elementos, el concierto de The Secret Society fue ganando enteros tras superar un inicio lastrado por el ruido de fondo. En todo caso, ese formato básico todavía está lejos de convencer (y más si a la cabeza vienen, por ejemplo, Will Johnson o Mark Eitzel) como lo hace cuando se acompaña de electricidad y de la rotunda batería de Perruca (en el que era su último concierto con la banda), de manera similar a lo que pasaba con Arab Strab en su momento, sin que la fuerza suponga una pérdida en la sencillez y sinceridad que han hecho buenas sus composiciones. Así ocurre con las de su primer álbum ("Fight fire with fire", "Night makethings look bigger", "Man vs. Machine" -un terceto infalible- o "Sad boys dance!!", que se quedó casi para el cierre) y también las que avanzan su segunda entrega, nuevamente retrasada, con la delicada y silenciosa "The beautiful struggle of all small things" a la cabeza. No fue su mejor concierto, pero sí dejó unos cuantos momentos reseñables.

sábado, 1 de diciembre de 2007

sharapova y rodríguez. las dos marías


Como se me van acumulando las cosas y tenía pendientes unas palabras sobre Maria Sharapova, hoy mato dos pájaros de un tiro y traigo por aquí también a otra María, La Mala, que el jueves se marcó un concierto de lo más majo en La Riviera. En definitiva: las dos marías, las que más duro pegan en lo suyo y también, qué carajo, las que están de mejor ver. Porque lo están. A Sharapova se la conoce bien por su faceta como modelo, exhibiendo su melena rubia desde las alturas, con una mirada que tiene un punto melancólico que hace que uno la pueda querer para siempre, unos rasgos suaves, ojos verdes, unos brazos con un poderío que ya quisiera yo y unas piernas larguísimas que invitan a los tópicos y, por supuesto, a perderse.
La Mala es más menuda, con una corona tatuada en su hombro derecho, alejada de los clichés del hip hop, morena, menos racial de lo que parece, con acento pese que a lleva 10 años en Madrid, moderadamente tímida, moderadamente agresiva (o al menos cortante), elegante pero informal a su manera, con una sonrisa que bien vale una buena foto y una cantidad creciente de matices en la voz. Y además de eso tiene su morbo y más que su aquél, aunque cualquiera se atreve con Mahoma, un rapero cubano que intimida, y más cuando uno le escucha en "Miedo" cantar eso de "aquí hay un negrón que va enseñar follar a tu mujer". Sí, ya se sabe que estos chicos del hip hop no se suelen andar con medianías ni sutilezas. "Voy a lo que voy", cantaba ella hace años, y a fe que lo cumple, aunque ahora, cosas de la promoción, tenga que compartir escenario con Paulina Rubio, Pereza o Dover y parezcan tan lejos los tiempos en que gritaba eso de "¡¡ Comedme el coño!!" con que terminaba un tema con Alta Escuela y (creo) SFDK.
Pero para gritos los de la María rusa, convertida en una fiera desde el fondo de la pista. Cuando está en forma es la que pega más duro, especialmente unos derechazos a dos manos que parecen misiles que salen acompañados de un aullido que ni Allen Ginsberg en sus mejores tiempos. Su padre observa vigilante desde la grada, se desespera en los fallos, asiente en los puntos a favor y finalmente se resigna cuando pierde, como en la final del Masters de Madrid el pasado 11 de noviembre, en donde Sharapova cedió ante Justin Henin-Hardenne, infalible en la red y segura desde el fondo, aunque las paso putas en el primer set, en donde la protagonista de estas líneas la arrinconó a base de raquetazos y de buscar y encontrar angulos tan imposibles como las rimas matemáticas y demoledoras de la rapera nacida en Jerez y criada en Sevilla.
No sé: ¿hay semejanzas más allá del nombre? Pues depende lo que se quieran forzar las cosas. La rusa acaba de empezar la veintena, la andaluza se despide de ella el próximo año; la rusa agita el brazo con una raqueta, la andaluza con un micro; Sharapova cierra el puño, La Mala también; una levanta pasiones (y más que pasiones) y hace de modelo, con posados de infarto y mirada de cordero degollado; María Rodríguez mira de frente y se viste de mujer clásica para la portada de "Yo Dona" (El Mundo), con trapitos de marca y poses lejos de las habituales en su mundo; una nació en Siberia y creció tenísticamente en Estados Unidos; la otra llegó al mundo en Jerez, marchó a Sevilla, recorrió sus calles, dejó su sello y se vino pa’ Madrid (como los de Ketama, sí), donde creció como artista hasta convertirse en la más grande en lo suyo, con todas sus virtudes y también algún defecto; Sharapova, siberiana ella, fue efímera número uno, su carrera se truncó por una lesión y ahora anda en el seis, aunque 2008 tiene que ser su año, el que la convierta sin discusión en la estrella que ya es.
La Mala actuó el jueves 29 de noviembre en La Riviera, poniendo fin a la gira de "Malabarismo", con un inicio de vértigo, aunque luego perdió fuelle, como la rusa en la final del Masters frente a Henin. A uno la verdad es que le da igual: disfrutó de lo lindo con el arranque de cada una de ellas; ya hicieron bastante ahí para ganarse éstas y más líneas. Una mandando desde el escenario, ceñida en un vestido morado (luego se pondría más cómoda con uno verde y terminó combinando mallas y lentejuelas con zapatos rojos con un tacón de aúpa) y despachando rimas que no admiten contestación. Hay dos nombres que me parecen incontestables en el hip hop en español: Sólo los Solo y La Mala. El resto, incluidos los pesos pesados, tienen tics para dar y regalar, pero ellos trascienden los tópicos.
Sharapova manda en la pista, a pesar de Justine Henin o Ana Ivanovic; ella grita más, golpea seco y se gira sobre sí misma haciendo que se muevan unos pendientes imposibles para jugar al tenis. Su juego es saque y volea, pero desde el fondo consigue aburrir a sus rivales a base de bien. De granate o blanco, con horquillas negras, el pelo recogido en una coleta y las piernas deslizándose de lado a lado. Le falta ritmo, puede que sí, pero cuando lo acabe de coger a ver quién la para. Y eso arrebatándose sólo ligeramente, casi vulnerable en el tercer set, cuando la derrota estaba cantada pero aguantaba y todavía guardaba fuerzas para cerrar el puño y sacarse un golpe ganador. La Mala mientras tanto termina la gira, levanta las manos y se despide agradecida, como Rosendo, después de decir que sólo sabe hacer esto.
Lo canta en "Yo marco el minuto" y vale para las dos: "Me lo estoy currando, me lo estoy currando. Soy una mujer de recursos, chulo; tu suela, pasión, saliva, leche y trucos. Yo marco el minuto". Y luego: "Tengo lo que tú quieres". Es verdad: las dos lo tienen ("la gloria será pa quien la corresponde). Ay, cómo lo sabía yo.

jueves, 1 de noviembre de 2007

santos que yo te pinté



Creo que tenía unas cuantas cosas que contar, pero como hoy es hoy, empezaré por aquí. Día de Todos los Santos. Visita al cementerio. Flores por aquí, oraciones por allá. Gran ganga, gran ganga, él es de Teherán. A ver si me centro. En realidad el Día de Todos los Difuntos es mañana, 2 de noviembre, pero mis abuelos es verdad que tenían algo de santos, así que vale.
En el colegio (de monjas, claro) nos decían que todos estábamos llamados a la santidad. Y yo, que últimamente no estoy muy católico, creo que es verdad. Que cada uno se tome la santidad como quiera, pero mejor eso que no otras cosas peores y que además hacen más daño. El martes, antes de hablar de amores express en otro ámbito, me marqué una parrafada sobre los mártires de San Lorenzo, que por cierto me quedó medianamente bien y que me recordó algo que escribí hace tres o cuatro años después de ver "Soldados de Salamina". Héroes y mártires, se llamaba aquello, y a eso me refiero con lo de la santidad; que andamos faltos de héroes y santos, y que algunos van de mártires. Bowie lo cantó antes, Los Planetas se marcaron luego "San Juan de la Cruz", pero en aquella película el olor a santidad era el del barro y la pólvora, la tierra mojada y la sangre. Y eso además con la banda sonora de "Suspiros de España" en la versión de Diego El Cigala. Algo así debe ser la santidad: un baile lento mientras el mundo se para y la muerte aguarda; un soldado abrazado a su fusil. O un pic-nic en medio del campo de batalla.
Hay a gente a quien los cementerios le dan yuyu; a mí no, como casi todo. Ni fu ni fa. Encuentro que es un lugar como otro cualquiera para las convenciones sociales, donde se llora más que un bar pero a lo mejor no más que en el cine viendo "Bailar en la oscuridad". Me acuerdo ahora de la canción de Mecano y del numerito en el musical "Hoy no me puedo levantar", también de los Smiths y otro poco de Los Enemigos y "La vida mata", pero en realidad escucho "Santos que yo te pinté", segunda canción del disco "Unidad de desplazamiento" de Los Planetas: "Yo no soy ningún ángel, yo no soy ningún santo, pero lo que me estás haciendo es que me está matando".
Y me acuerdo también de "Encuentros en la tercera fase", pero sólo porque hace un par de semanas, en el entierro del padre de una amiga, voy y me encuentro con esa persona que en el libro de familia y el DNI pone que es mi padre, que también es mala suerte, o buena. O, ya lo he dicho, ni fu ni fa. Hola. Hola. Qué tal. Bien. Y tú. Bien. Pues nada. Sí.
De las cosas que se quedan en el tintero lo más destacable es el pedazo de concierto de Wedding Present, que a lo mejor ya lo mencioné en otro post, no estoy demasiado seguro; y antes una surrealista entrevista con Devendra Banhart que lo mismo un día cuelgo íntegra. Hay más cosas, sí, y algunas más interesantes, pero uno tiene su intimidad (y también los demás),así que me las dejo para otro momento.
Y ahora empieza el puente, en el que no hay grandes planes, aunque acabo de convencer a M para bajar a Madrid a ver "Construyendo a Verónica". Nuestra última experiencia con el teatro, a cuento del "Método Gronholm", es más bien para olvidar, pero allá que vamos. Yo mañana quería ir a comer fuera, pero el Euríbor dice que mejor nos quedemos en casa, que ya hemos rebasado la cuota de gastos extra comprando un portátil (falta hacía, eso sí).
También quería ir al Prado a ver la ampliación (y los cuadros que se exponen), pero como es gratis hasta el domingo hay unas colas del carajo, así que me espero a que cobren. Si la entrada costase aunque fuera 20 céntimos, otro gallo cantaría, pero como es gratis, viva la cultura! (y lo digo yo que trabajo en un periódico gratuito y sé de qué va la vaina).
En definitiva, que ya es otoño de verdad, que hemos dado la calefacción aunque hoy hace bastante bueno, que el cambio de hora es una sandez como otra cualquiera y que empiezo a otear en el horizonte la Navidad, que me apetece tan poco como otros años y si cabe un poquito menos. Calculo que este año tendré unas 10 comidas / cenas, excluyendo las familiares, así que de verdad que acabo hasta la bola de solomillos, corderos y demás (este año pido pescado, aunque mejor si no es merluza). El primero de los eventos está programado para el 23 de noviembre, viernes, con la propuesta de cena-espectáculo en un árabe del centro de la capital del reino. No sé. Es que a mí lo de la danza del vientre no me acaba de poner. Ya ha surgido otra propuesta de un sitio en el que alguien conoce a alguien que conoce al dueño y lo mismo nos sale más barato, pero vamos que me da igual cinco euros más o menos; y yo lo mismo hago caso y voy y digo que si vamos al Bo Finn, que está por el barrio de Salamanca y dice alguien a quien le mola "Dogville", Palahniuk, Ingrid Bergman y Eric Bana (amén de otras cuantas referencias) que está bien.
Hasta aquí la charla. Me da la sensación de que se me olvidan cosas, pero no me apetece ponerme a pensar demasiado. Eso sí, otro día escribo sobre Le Mans y la canción de todas nuestras vidas, incluyendo la mía: "Mi novela autobiográfica". De eso y de la paternidad que viene o pueda venir.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Carlos Berlanga. justicia poética


(Rescato aquí un texto de hace cuatro meses sobre Carlos Berlanga, escrito con motivo del quinto aniversario de su muerte).


Podríamos empezar en 1977, 1978 o 1982. Tres fechas históricas en la crónica de la Movida: Kaka de Luxe, Pegamoides y Dinarama. También por el final, el 5 de junio de 2002, cuando Carlos Berlanga murió tras una larga enfermedad hepática. Pero lo haremos en 1990, el año en que rescató a Buñuel para publicar el primero de sus cuatro discos en solitario; una carrera de aciertos e incomprensiones que sólo a última hora, cuando ya era demasiado tarde, hizo el amago de cambiar su suerte.

Ahora, cuando se cumplen cinco años de su muerte, todo suena a jugar con ventaja; por eso, antes de avanzar más líneas, toca mover ficha: Carlos Berlanga es uno de los más certeros compositores del pop español. Seguramente también uno de los más incomprendidos. En 1990 aparecía como invitado en “Con las manos en la masa”, el gastronómico programa de la Vainica Doble Elena Santonja. Entre fogones presentaba su primer disco en solitario, después de poner fin a una etapa, la de Dinarama, mientras Alaska y Nacho Canut empezaban con Fangoria. Tomó el nombre, “El ángel exterminador”, de una de las películas clásicas de Luis Buñuel. Él, que era hijo de otro hombre de cine, Luis García Berlanga; que había aparecido, como tantos otros, en “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”; y que hasta diseñó el cartel para “Matador”, de Pedro Almodóvar.
Era un álbum que, tras una producción descafeinada, escondía una indisimulada mala leche. Eso sí, sin perder las formas; despellejando con elegancia (“En el volcán” es el mejor ejemplo) en un momento en que las relaciones con sus ex compañeros casi acaban en los tribunales. Salió en la tele, hizo directos, sonó en las radiofórmulas, reclutó a Miguel Bosé en “El verano más triste” y a la postre fracasó en su venganza. Tenía 30 años y mucho que decir, pero no se enteró casi nadie. Era un trabajo irregular que con el paso del tiempo ha ganado enteros. Demasiado tarde. Rafa Cervera dejó escrita hace unos años la que quizá es la mejor definición de Carlos Berlanga: “El esteta en el laberinto”. Le venía al pelo. Y sin perder la compostura, siguió a lo suyo: componiendo para otros, poniendo música a la serie de televisión “Villarriba y Villabajo”, y sobre todo perfilando el que sería su primer gran triunfo, de nuevo ajeno al gran público, el que justificaría todas las comparaciones: Edwyn Collins (Orange Juice), Neil Tennant (Pet Shop Boys), Stephin Merrit (The Magnetic Fields), Antonio Carlos Jobim y muchas otras. Un dandy en toda regla, la reinvención del rey del glam y sin quererlo también el padre de toda una generación que va de Parade o Dar Ful Ful al movimiento Austrohúngaro. Quién se lo iba a decir. “Indicios” es el disco. Uno de los dos imprescindibles en el pop español de 1994; el otro es “Un soplo en el corazón”, la primera y única entrega de Family, con la que han ido creciendo las coincidencias, que no casualidades. La última y más significativa fue la versión que Fangoria hizo de “Carlos baila” en el homenaje al grupo de Javier Aramburu, cuya letra parecía escrita para este crooner vencido por la timidez. Eterno aspirante a la fama y a la vez enemigo de los conciertos, mitómano de gustos diversos, artista plástico y también danzante impenitente. “Indicios” fue el disco, sí, pero no el éxito, a pesar de que contenía todos los ingredientes para haberlo sido.
Luego llegó la reconciliación: “Vía satélite alrededor de Carlos Berlanga” recompuso las relaciones con Alaska y Nacho Canut, que intentaron llevarle a la felicidad por la electrónica en un disco que participaba del hedonismo made in Fangoria, aunque sin enganchar como el anterior. Lo que no cambiaron fueron las ventas, que le siguieron dejando en un terreno underground del que, pese a todo, tampoco tenía mayor interés en salir. Pose, autosuficiencia o constatación de una realidad, que cada uno piense lo que quiera: justicia poética frente a la indiferencia. Otra vez un prolongado paréntesis de cuatro años y por fin la segunda obra cumbre: “Impermeable”. 35 minutos para sentar cátedra. Ibon Errazkin (Le Mans) pone su granito de arena con una producción delicada y casi transparente, envolviendo las canciones en papel de celofán. Decenas de preguntas, melodías de seducción, la canción que la ley del matrimonio gay nunca tuvo (“Vacaciones”), incorrección con traje de seda y una estrofa que sólo unos meses después se convertiría en epitafio: “Estoy aislado, impermeabilizado; estoy cerrado al mundo que me ha traicionado. Ya no quiero sufrir más”.